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Padrillo en el pajonal de Beto
(foto al pie)

Esta vez seguimos unos rastros que nos decían que los chanchos visitaban de noche una pradera al lado de un arroyo con monte y al otro lado un pajonal extenso al cual le apodamos "El pajonal del
Beto". Buscaríamos con los perros desde el arroyo hacia el monte sucio y luego vendríamos por una senda de pajonal bajo donde habia una zona que lo habían quemado hace meses. Lo demás era todo pajonal alto y tupido en el que a veces yendo a caballo, yo no veía la gorra del jinete que me precedía, era un buen escondite para los chanchos y muy peligroso para los perros, por ello en lo posible evitábamos pasar por allí.

Me acompañaban Rodolfo, José Figueroa, Alejandro Toia, Horacio(Lango) y el Negrito Rodriguez (esos apodos se pegan tanto que uno al final se olvida de los nombres), estos dos últimos muy conocedores y baqueanos de la zona, ya sabían de pasaderos y zonas donde andaba el chancho.

Con los infaltables mestizos de indescifrable origen de los baqueanos ademas de un galgo y un cruza galgo-dogo, bajamos de las camionetas a tres dogos argentinos: Aromo, Algarrobo y Tuyango de Boaglio.

Había una sequía terrible, así que nos alentaba el encontrarnos con bosta de chancho fresca con indicios de que también visitaban un sorgo mísero al lado de la pradera. En las picadas veíamos las embarradas de los padrillos a buena altura en los troncos, así como también los colmillazos que descortezaban alto. Pocas pisadas se distinguían en el suelo duro, pero todas grandes. Los perros "barrían la cancha" yendo y viniendo sin resultados.

Ya casi a las 5 horas de búsqueda entre el monte y el arroyo, decidimos regresar al camino cortando por el pajonal bajo; pasando ahí había una legua mas hacia las camionetas; cuando entonces Tuyango encontró un padrillo, se le prendió y cobró; el padrillo se le soltó y corría llevando prendidos los otros dogos que se los arrancaba estrellándolos y haciéndolos domar las tupidas pajas. Alejandro se quedó para los auxilios a su dogo herido que inspeccioné y viendo que no tenía heridas de gravedad corrí luego como podía en el pajonal, a los tropezones y cortándome con la paja brava hacia la barahunda de ladridos de los mestizos que marcaban la pelea unos trescientos metros
mas adelante. Corríamos de nuevo y seguían separándonos esa distancia interminable -padrillo en fija me dije, y de los grandes-. Peleaba entre las pajas y no se dejaba acercar para la cuchillada, hasta que les cortamos los garrones y entonces sí fué la funda de un facón. Los dogos no se movían, extenuados al máximo en la retención de la presa, jadeaban como locomotoras, los reviso y tenían heridas poco importantes, pero no se podían ni parar por el esfuerzo realizado.

Sacamos hacia un claro al chancho para la foto -lástima que salió sin dogos al lado- lo despanzamos y primero llevamos los dogos heridos a hombros, improvisamos una camilla con una campera para Tuyango que estaba muy lastimado y lo llevamos entre tres, luego se recuperó y
sigue muy bien.

Arrastramos el pesado animal que vacío estimamos pesaba alrededor de 180 kg. Nos parecía que era como arrastrar una piedra de las pirámides; se hizo de a trechos el acarreo y con paradas donde la satisfacción de la captura nos daba un aliento extra. Esta clase de bichos son cruzas entre jabalíes y el chancho salvaje cimarrón que hay en Entre Ríos, de allí su importante tamaño. El agua, los montes sucios, los pajonales donde se refugia y la comida a total disposición, hacen de estos bichos un enemigo corpulento formidable y porque siempre pelean.

"Es como parar un tren con una bicicleta", dijo un amigo; pero ese día en el pajal del Beto lo pararon los dogos.